lunes

Una de locos

No lo saben, apenas alcanzan a sospecharlo con mayor certeza. La tierra se aleja de sus pies para acercarse a sus ojos, a su nuca, a sus tobillos, a sus lóbulos y pestañas. Regresaron a un lugar lejano, familiar y… ¿hostil? ¿ficticio?¿superior? Acercárseles para hacer cárceles donde quepan. Primero santos, mesías o profetas, son la prueba de nuestro profundo aislamiento, presidiarios, rufianes, enfermos, pacientes. La mejor presa del tiempo, víctimas del espacio; su cabeza es un incendio sin combustible, al llamado de la llama se alejan sin que sospechemos, poco a poco, todo su cuerpo brilla como brasa hasta perderlos deslumbrados. Algunos no saben si van o vuelven, otros sólo son maniáticos inofensivos, farsantes descorchados, equilibristas sin cuerda, unos más; se les acusa de no caer al ser lanzados y de sangrar sin ser heridos. El resto de los hombres reclama su lucidez, realidad o muerte les dicen y echan la llave.

De vuelta, regresando, nuevamente hasta nos. Bendito pues el recuperador, el hábito, la dosis y que nada se interponga en su camino. Adaptaremos a cuantos sean necesarios, debemos evitar a toda costa el dolor, ajeno o propio, sellando los huecos que pueda tener nuestra casa. En vigilancia preventiva de las lágrimas, permanentemente nos desgastamos. No a las espinas, no a las excepciones, todos por una sola senda y hacia el mismo rumbo y bajo el único cielo. Nuestra casa es diminuta, no logramos comprenderla pero nos quedamos en ella por no tener ningún otro lugar. Es húmeda y, aunque luz no le falta, varios cuartos están en penumbra. Limpiarla es harto difícil, muchos prefieren ir cerrando cuartos hasta habitar un rincón. Nadie está en la misma casa pero no soportamos a quienes salen de paseo (aunque nadie haya ido al mismo lugar).

Despiertan nuestro miedo al vacío aquellos que lo ven, que lo van viviendo sin más. “Vacío” sólo explica lo que no es pudiendo ser, que sin sentirlo está, por más hundido; se puede reconocer sin conocerlo porque es nuestro, porque de entre todo lo que hay también somos eso. Y es más fácil alejarnos, recluirlos, protegernos. Ninguna otra cosa se ha podido hacer: en barcas, en naves, en conventos, ponerlos a sanar, que sanen, que se vayan. ¿Qué otra cosa?

Desordenes son y hay que acatar a la gran marcha, al eterno peregrinaje hacia dónde. Ridículos los llaman quienes no unen así los puntos. Los hay peligrosos en ambos bandos. ¿Por qué esa necedad de sentirse traicionado? ¿El que enloquece lo ha decidido? ¿Renunciar a las limitaciones de la mente nos libra de morir? ¿Cuántas locuras nos caben, cuántos locos alimentamos sin sospechar que, de un momento a otro, podrían salir de paseo?