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Juventud, ¡cuántas estupideces cometidas en tu nombre!

Nada en este mundo es estático, la vida depende del movimiento. La belleza de la misma forma es fugaz, para no morir debe moverse, requiere migrar a otros cuerpos para existir. Nuestra juventud, la tensión de nuestra piel, la elástica facilidad de nuestros movimientos, son sólo una etapa. ¿En qué momento comenzamos a aferrarnos a ella desesperadamente? Nos enseñaron a no ser, a anhelar a cada paso algo inexistente, a ser aspirando a algo que no sabemos cómo o porqué queremos, un tipo de belleza universal y absoluta.

Los cuerpos han sido modificados, según nuestro capricho, desde siempre. El concepto de belleza desde el cual se juzgan en algo tiene que ver con aquellas partes consideradas más hermosas. En occidente creímos a las personas rollizas altamente sensuales, hoy estamos obsesionados con la belleza “metafísica” (casi hasta los huesos). ¿Qué hay con lo que consideran bello, corporalmente hablando, en otras culturas? Es vasto, distinto e impredecible; cuellos largos y anillados, pies diminutos, cabezas aplanadas, ojos bizcos, músculos gigantes, venas saltonas. Esto pone en entredicho el concepto de belleza occidental erigida por sí misma, mediante la máquina publicitaria, como imperecedera, absoluta y universal. Si varía tanto lo que el ser humano, en distintas latitudes, considera bello para su cuerpo, ¿hay algo en éste que sea igualmente bello para todos?

Tal vez la belleza corporal radica en la admiración al cuerpo por sí mismo, una forma de tributo no a su materialidad sino al milagro de su existencia. ¿Podríamos decir que funciona de la misma manera para nuestra idea de belleza corpórea? Lo dudo mucho. Nuestra fascinación por los cuerpos jóvenes y sanos se relaciona más a lo que, creemos, puede llegar a ser la finalidad de nuestras vidas: perseguir el éxito perceptible, material y egoísta. Un cuerpo joven es un manojo de posibilidades, de potencialidades. Es precisamente potencia y vigor lo que se necesita para continuar el fiero combate por el éxito. Se privilegia lo nuevo, lo fresco, lo prometedor porque no hay lugar para lo viejo, lo caduco y marchito, no sirve, se mueve lentamente hacia su fin. Nadie quiere envejecer, he ahí un negocio.

Independientemente de nuestros grandes prejuicios estéticos y el desengaño que trae para muchas personas “saberse feos” sólo porque no empatan con un molde que incansablemente les venden, la juventud es atractiva por sí misma. No se confunda esto con la industria cosmética-estética y de “saneamiento” que invita a las personas a aferrarse a la juventud, o al menos a su apariencia. De la misma manera en que ocultamos de nuestras vidas a la muerte cuanto podemos, no la de los otros, nuestra propia muerte; tememos a la vejez, la consideramos un mal irremediable, sí, pero postergable. Para muchos envejecer es una miserable forma de putrefacción, para otros un trágico, agridulce añejamiento. Dos visiones para lo mismo, de cualquier manera: algún día seremos viejos. ¿Qué le impide a los próximos jóvenes desecharnos? Si la juventud es bella corporalmente para la mayoría, de nosotros depende que la vejez nos agarre hermosos por dentro, sin importar las calvas, pecas, manchas, arrugas, flacidez, malestar o cansancio. La construcción, el saneamiento y reparación va por dentro. De nosotros mismos depende construir una vejez digna. Triste sería que nos dijeran con razón: ¡qué bonita carcaza, lástima de contenido!

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