viernes

Carta de renuncia

A quien corresponda:

Por medio de la presente notifico mi renuncia de XXXX. Expongo los motivos que me han llevado a tomar esta decisión:

1. No estudié publicidad, no sé cómo se maneja el medio publicitario y, desafortunadamente, no me interesa averiguarlo más allá de lo que ya he visto. Si me apasionara o estuviera de acuerdo, tal vez no habría tomado ésta decisión. Respeto el esfuerzo y la dedicación que pone cada uno pero prefiero conservar mi ética.

2. ¿No es más efectivo organizar, planear, dirigir y ejecutar los materiales y campañas según lo que nos da el cliente, previamente masticado, concordado y aprobado, en vez de hacer todo según vaya saliendo? Entiendo que el cliente debe sentirse cómodo en el trato y atendido en los resultados pero se está sacrificando a la base de todo el proceso: los creativos. ¿Es más fácil no concretar un grupo de trabajo estable con tal de no contratar a más personal que pueda atender con mayor rapidez y efectividad cada una de las cuentas sin abusar de su tiempo y paciencia? Me pregunto si es una forma de ahorrarse prestaciones o sólo les gusta ver caras nuevas cada tanto. Sacrificar la base de cualquier trabajo es condenar la labor entera.

3. Pese al buen ambiente no está dentro de mis planes continuar trabajando a un ritmo tan exhaustivo que excede toda lógica laboral enmarcada dentro de lo legal. Veo que se han enterado que el esclavismo ya pasó de moda y lo de hoy es el outsourcing; tan lejanos, tan similares.

4. Agradezco verdaderamente la oportunidad que se me dio para entrar, no cubría un buen perfil para el puesto en mi propia opinión, de hecho difícilmente me contrataría para algo; sin embargo, vieron a un hombre genérico intercambiable con algo oculto que podía explotar en cualquier momento, algo que les haría ganar más dinero, un ser farmacéutico. Quiero que construyan una escalera del suelo al cielo apilando billetes mientras como bolillos, me dio un no sé qué que qué sé yo con la empresa, algo similar al síndrome de Estocolmo para los que no tienen nada que perder a no ser tiempo.

5. Creo que nuestra relación empezó con un malentendido desde el principio. En ningún momento se dijo que requiriesen personal sin vida social, familiar, sentimental, actividades, proyectos o intereses fuera de la oficina. De haberse aclarado este punto, habría hecho los arreglos convenientes para seguir el ritmo; hubiera recurrido al viejo truco de fingir mi propia muerte, tal vez algo menos drástico: ir a vivir a un hospicio lejos de todos los que conozco, tal vez algo menos martirizante, mudarme a la oficina o ¿por qué no? Intercalarme la chamba con el velador.

6. Uno de los puntos que “me tenía con pendiente”, como dicen los targets “C” o “E”, era mi futuro escolar. El panorama estaba entre elegir terminar mi carrera, forjarme un futuro, titularme y salir al mundo laboral con mi diplomita en mano para terminar en alguna otra empresa ERS; o truncar mi educación, renunciar a mis queridas aspiraciones de ascenso social, enamorarme del mundo del estrés, el café, las urgencias, y después de todo, renunciar cuando me quede calvo y me receten alguna metformina para mí diabetes. Acéptenlo, ¿pizza a diario + vida sedentaria? Paso.

¿El medio es difícil? Lo es y mucho, tiene una complejidad retadora, en cualquier momento puede salir un cambio, o un bomberazo y es comprensible tener épocas duras ¿pero todo el tiempo? Vivir para trabajar no es vivir. Si se permanece ahí lo suficiente, se puede ver que ese lugar tiene rejas hasta en el cielo. ¿Por qué hacer lo difícil imposible? Quererlo todo es llegar a nada, hay que renunciar a parte de las ganancias si se quiere crecer, por ejemplo, yo decido renunciar a esto para mi vida.

Espero no se malinterprete como un ataque al resto del equipo de trabajo, tanto creativos como coordinadores de arte y cuentas; quiero dejar mis intenciones bien claras: hice un compromiso que no estoy dispuesto a seguir cargando por mi propio bien, no en esas condiciones.

Al honorable y siempre heroico comité de las alturas

P.D.

Mi gastritis les manda saludos.

Juventud, ¡cuántas estupideces cometidas en tu nombre!

Nada en este mundo es estático, la vida depende del movimiento. La belleza de la misma forma es fugaz, para no morir debe moverse, requiere migrar a otros cuerpos para existir. Nuestra juventud, la tensión de nuestra piel, la elástica facilidad de nuestros movimientos, son sólo una etapa. ¿En qué momento comenzamos a aferrarnos a ella desesperadamente? Nos enseñaron a no ser, a anhelar a cada paso algo inexistente, a ser aspirando a algo que no sabemos cómo o porqué queremos, un tipo de belleza universal y absoluta.

Los cuerpos han sido modificados, según nuestro capricho, desde siempre. El concepto de belleza desde el cual se juzgan en algo tiene que ver con aquellas partes consideradas más hermosas. En occidente creímos a las personas rollizas altamente sensuales, hoy estamos obsesionados con la belleza “metafísica” (casi hasta los huesos). ¿Qué hay con lo que consideran bello, corporalmente hablando, en otras culturas? Es vasto, distinto e impredecible; cuellos largos y anillados, pies diminutos, cabezas aplanadas, ojos bizcos, músculos gigantes, venas saltonas. Esto pone en entredicho el concepto de belleza occidental erigida por sí misma, mediante la máquina publicitaria, como imperecedera, absoluta y universal. Si varía tanto lo que el ser humano, en distintas latitudes, considera bello para su cuerpo, ¿hay algo en éste que sea igualmente bello para todos?

Tal vez la belleza corporal radica en la admiración al cuerpo por sí mismo, una forma de tributo no a su materialidad sino al milagro de su existencia. ¿Podríamos decir que funciona de la misma manera para nuestra idea de belleza corpórea? Lo dudo mucho. Nuestra fascinación por los cuerpos jóvenes y sanos se relaciona más a lo que, creemos, puede llegar a ser la finalidad de nuestras vidas: perseguir el éxito perceptible, material y egoísta. Un cuerpo joven es un manojo de posibilidades, de potencialidades. Es precisamente potencia y vigor lo que se necesita para continuar el fiero combate por el éxito. Se privilegia lo nuevo, lo fresco, lo prometedor porque no hay lugar para lo viejo, lo caduco y marchito, no sirve, se mueve lentamente hacia su fin. Nadie quiere envejecer, he ahí un negocio.

Independientemente de nuestros grandes prejuicios estéticos y el desengaño que trae para muchas personas “saberse feos” sólo porque no empatan con un molde que incansablemente les venden, la juventud es atractiva por sí misma. No se confunda esto con la industria cosmética-estética y de “saneamiento” que invita a las personas a aferrarse a la juventud, o al menos a su apariencia. De la misma manera en que ocultamos de nuestras vidas a la muerte cuanto podemos, no la de los otros, nuestra propia muerte; tememos a la vejez, la consideramos un mal irremediable, sí, pero postergable. Para muchos envejecer es una miserable forma de putrefacción, para otros un trágico, agridulce añejamiento. Dos visiones para lo mismo, de cualquier manera: algún día seremos viejos. ¿Qué le impide a los próximos jóvenes desecharnos? Si la juventud es bella corporalmente para la mayoría, de nosotros depende que la vejez nos agarre hermosos por dentro, sin importar las calvas, pecas, manchas, arrugas, flacidez, malestar o cansancio. La construcción, el saneamiento y reparación va por dentro. De nosotros mismos depende construir una vejez digna. Triste sería que nos dijeran con razón: ¡qué bonita carcaza, lástima de contenido!