lunes

Por aquello de los reyes magos

No puedo evitarlo, me causa mucha risa el llanto de los niños que me rodean. Encuentro una extraña satisfacción en ver como los estertores descomponen su figura, oír sus agudos y desesperados gritos. No llevan el estómago vacío, nada les falta. ¿De qué manera me puedo librar de esa sonrisa idiota que me invade apenas comienza el berrinche? Basta que se apropié de algo que le hicieron desear: unas galletas con personajes de sus caricaturas favoritas, cereal con “premios” baratos [¿Qué premian?], basta con poner algún animalito simpático con sobrepeso para que el niño comience. Infla los cachetes, se pone rojo, los ojos llorosos y lo deja salir: una hermosa y ridícula estampida, un delicioso ma-ma-ma que pasa raspando su garganta. La inocencia de su llanto me hace desfallecer de alegría. ¡El comienzo de una larga cadena de lloriqueos que lo conducirán al mismo punto del que partió: el borde de las lágrimas! Las caras de los padres son un buen condimento. Terminan cediendo a la rabieta para no sufrir la atención de los demás. Y claro, los estamos viendo. Yo no sé qué provoca en los otros o porque lo miran, no sé si mi placer es del todo solitario...

2 comentarios:

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  2. jajaja, lo mejor es cuando imitas a los bebés llorones

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