jueves

Enamorado del amor


Somos una sociedad obsesionada. Si por obsesión entendemos aquel estado en que el afectado no puede parar de pensar y actuar en función de la persona, objeto o idea que lo atrae tanto y a tal grado que comienza a dejar de lado todo lo que le rodea. Es como si desde los bordes de nuestro objeto de obsesión el mundo comenzará a pintarse en tonos grisáceos.

Al hablar de obsesiones sociales debemos hacer una distinción entre los temas que han obsesionado a la humanidad como la muerte, la realidad, lo desconocido, la belleza, etc. Temas a los que han dedicado vida y obra una infinidad de personas. Uno de los temas que más obsesiones se ha granjeado desde épocas inmemoriales es el amor; claro, siempre ha estado sobre la mesa para ser discutido, en todas las épocas la idea de cómo es o en qué debe consistir es muy diversa.

Hace cien años, por ejemplo, eran impensables los frees y romances a medias tintas, mucho hubieran escandalizado a una sociedad más acostumbrada a dividir su población femenina en mujeres privadas/mujeres públicas. Cualquier caballero que se preciara de serlo podía dividir así mismo su salario y tiempo en ambas. Estas ideas aún conviven y perviven en las nuevas generaciones.

También debemos separar con precisión quirúrgica otro tópico cercano al amor: el matrimonio. La idea que se tiene de cómo es un matrimonio siempre viene en función de los valores culturales de la comunidad a la que perteneces. Matrimonios por conveniencia, compromiso o tradición son mayoritarios hoy en día. Es poca la proporción poblacional en el mundo que escoge su unión marital según su corazón.

De entre las muchas formas que toman las obsesiones amorosas una de las más interesantes es la que, a fines de mera especulación, llamaremos: el extraño efecto amor-merc:

De pequeña le gustaba leer revistas de adolescentes con galanes en las portadas: los hombres tienen todos los atributos positivos imaginables. Acompañaba a su mamá en las tardes frente a la tele viendo telenovelas: El amor triunfa por encima de cualquier circunstancia. Camino al trabajo escuchaba el radio, siempre hits románticos, celebración musical al amor las veinticuatro horas del día en distintas modalidades: “me dejó lo odio/lo extraño [pero estaré bien]” “Lo amo más que a mí vida porque de hecho él/ella es eso” “te quiero pero no me quieres: quiéreme”. Las películas del ratón le decían: Todos tenemos un destino y ese destino es amar, por si fuera poco, todos estamos destinados a alguien que generalmente forma parte de la realeza y nos sacará de todo peligro y qué más peligroso que la pobreza. Una bonita tarjeta para San Valentín acompañada del ponzoñoso abrazo de la que me bajo al prospecto y se hace llamar mí amiga. Siempre lloraba en las películas románticas, principalmente, en la parte de la boda. Confundir lo hormonal a lo divino: el amor no es una búsqueda de carnalidad enmarcada por un sistema moral ¿o sí? Amor es sinónimo de pareja, antónimo de muerte solitaria. Así aprendimos a amar la idea misma de ser amados.

Hemos hecho de un sentimiento una serie de rituales que nos obligan, paso a paso, como manual de mecánico, a cumplir con ellos. Atracción-coqueteo-flirteo-declaración-noviazgo-matrimonio=felicidad. Después de heredar la tradición, luchar con o en contra de ella, aceptar y participar voluntariamente en ello: ¿cuál es la forma natural de amar?

El amor nace de la curiosidad y muere con… ¿el último suspiro? ¿los papeles para el divorcio? El amor no es un sentimiento ni se limita a la persona con la que se quiere pasar la vida o con los que nos rodean. No es una cura para la soledad. Tal vez el amor, según he oído, es una forma de vivir donde procuramos el bienestar propio procurando el bienestar de todo lo demás.

Nuestras obsesiones limitan nuestro mundo volviéndolo pequeño y poco sustancioso, aislándonos de los demás, nos vuelven egoístas, recelosos y paranoicos. Aunque puede que obsesionarse sea una forma de encontrar aquello que quisiéramos ser o alcanzar a nivel metafísico: ser música, ser odio, ser amor.

lunes

Por aquello de los reyes magos

No puedo evitarlo, me causa mucha risa el llanto de los niños que me rodean. Encuentro una extraña satisfacción en ver como los estertores descomponen su figura, oír sus agudos y desesperados gritos. No llevan el estómago vacío, nada les falta. ¿De qué manera me puedo librar de esa sonrisa idiota que me invade apenas comienza el berrinche? Basta que se apropié de algo que le hicieron desear: unas galletas con personajes de sus caricaturas favoritas, cereal con “premios” baratos [¿Qué premian?], basta con poner algún animalito simpático con sobrepeso para que el niño comience. Infla los cachetes, se pone rojo, los ojos llorosos y lo deja salir: una hermosa y ridícula estampida, un delicioso ma-ma-ma que pasa raspando su garganta. La inocencia de su llanto me hace desfallecer de alegría. ¡El comienzo de una larga cadena de lloriqueos que lo conducirán al mismo punto del que partió: el borde de las lágrimas! Las caras de los padres son un buen condimento. Terminan cediendo a la rabieta para no sufrir la atención de los demás. Y claro, los estamos viendo. Yo no sé qué provoca en los otros o porque lo miran, no sé si mi placer es del todo solitario...