lunes

Crónica de un viaje a tropezones: (Cap. 2 En el camión de ida)

Hora de partir. Nos llaman para que abordemos. El camión era un modelo clásico. Llantas desvencijadas, asientos con palancas rotas y vestiduras pulcramente ensuciadas, las luces de pasajeros y el "aire acondicionado" no sirven. No tenía maletero y siendo que en él viajaban comerciantes, todos sus bultos estaban al fondo. Era un clásico guajolo-jet.

Me siento en cualquier lugar y dos lacandones me dicen que esos son sus asientos. Pregunto por el que me corresponde al hombre de la lista y me indica que mi asiento se encuentra justo a lado de aquella mujer obesa, sus dos hijos van al frente. Afortunada o desafortunadamente me tocó la ventana. Detrás mío se encuentran aquellos bultos mismos que me impiden reclinar el asiento. Verticalidad insoportable, intento reclinarme varías veces pero es imposible. Los niños comienzan a peleare entre ellos.

El motor arranca y nos vamos. No hay baño. (No debí tomar tanto ponche sabor aserrín) El que va delante mío reclina su asiento dejándome con las rodillas pegadas al respaldo y los pies en el aire, intento empujarlo pero su madre me vigila. Decido no decirle nada. Los lacandones de hace un rato que están en los asientos del otro lado me miran, comentan entre ellos en su idioma y se cagan de la pinche risa. Se apagan las luces. (los libros que traje valieron verga) La señora se acomoda y me quita el brazo central que suelen compartir los asientos de autobús. Como en el cine, el dominio de ese brazo determina en gran medida el confor del usuario que lo gana. Mis pies bailan en el aire, serán dieciséis horas muy largas.

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